Privatizar la Cultura

Sesión 19

Privatizar la cultura

Reseña por Francisco Paillie Pérez

Privatizar la cultura es un esfuerzo meticuloso, realizado por la crítica cultural Chin Tao-Wu, que mapea las dinámicas y estrategias que las élites económicas han utilizado para cooptar y ocupar posiciones privilegiadas en la arena cultural. En este metódico ensayo se describe y analiza hasta qué punto la cultura contemporánea, y especialmente el arte contemporáneo, se han visto sometidas a un proceso generalizado de privatización. La autora analiza de qué manera las grandes empresas y élites económicas influyen en el arte y la cultura, haciendo visible que su participación no está solo en el financiamiento, sino que terminan definiendo qué se produce, qué se muestra y qué ideas se consideran valiosas.

Así, el arte deja de depender del apoyo cultural o social y pasa a responder directamente a la lógica del mercado y el gusto de unos cuantos. Desde el ensayo se argumenta que la producción cultural se ha tornado en una una práctica desigual en cuanto a quién participa, quién toma las decisiones y cuál es el alcance (y límites) que tienen hoy día quienes se dedican a sostener la producción cultural. Aprovechando el concepto de «capital cultural», el ensayo da pistas sobre cómo el valor del arte y el gusto colectivo han sido definidos desde lugares hegemónicos, pero sobre todo narra de qué forma los museos y galerías se han transformado en vehículos de relaciones pública, ayudando a distorsionar las fronteras entre lo público y lo privado.

La autora rastrea una serie de estrategias que se han puesto en práctica a lo largo de las últimas décadas para permear las instituciones encargadas de dirigir las pautas de la producción cultural. Dichas estrategias han permitido a las élites económicas adueñarse tanto del mercado del arte y las obras de arte (el lado material de los objetos del arte), como de su valor simbólico y el de los artistas que las crean. A fin de cuentas, los dueños del mercado del arte son dueños también de sus dinámicas de producción y, por ende, son dueños de las fuerzas ideológicas que moldean los discursos y en general el gusto de la sociedad.

Para fundamentar estos argumentos, la escritora describe una serie de casos de Estados Unidos y el Reino Unido, siguiendo de cerca la evolución de los modelos de producción cultural desde principios de la década de 1980. Presenta a la dupla Reagan–Thatcher como los grandes iniciadores del discurso neoliberal y de las prácticas políticas que favorecieron, de manera clara y directa, el proceso de privatización de la cultura. Sin embargo, el texto está escrito de tal forma que quien lo lee cuenta con suficientes pistas para plantearse paralelismos en latitudes diferentes y resultados similares en dado caso que se contara con la estamina suficiente para replicar la investigación.

A lo largo del libro, Wu argumenta que el gran problema de los procesos de privatización de la cultura, más allá de difuminar los límites entre lo público y lo privado, es que los fondos públicos son utilizados para reforzar las prerrogativas del capital privado en su esfuerzo por replantear el debate acerca de la función social del arte. Así que «al fin y al cabo, es cada contribuyente quien, en última instancia, ha estado echando mano para respaldar las decisiones privadas que toman los mecenas adinerados». En otras palabras, muy a pesar del genuino compromiso que tienen las instituciones públicas de poner el arte al acceso de todas las personas, no siempre es la cultura general de una sociedad la que termina siendo favorecida.

Tanto en teoría como en práctica, hablar del arte como si fuera una categoría universal «implica una negación persistente de las necesidades representativas del público que no frecuenta las galerías, al que se le alimenta constantemente con una alta cultura museificada, como si [quien no visita las salas] no tuviera cultura propia»; sin embargo, tanto el gusto museificado, como el masificado, han sido propuestos por unos pocos para ser luego adquiridos por unos cuantos, pero sostenido, económica y simbólicamente, por todos.

Por este motivo, entender cómo operan los comités y juntas de las instituciones públicas y privadas que influyen en el arte y la cultura se vuelve cada vez más importante, pues nos da pistas claras de los intereses generales de la producción cultural. Sin embargo, de acuerdo con la autora, «lo que realmente importa no es lo que hace un comité, sino quiénes lo integran» pues esto permite preguntarse quiénes forman parte del grupo, cómo llegaron hasta ahí  y cómo desde esos espacios se acumula y se saca provecho del capital cultural. Sobre todo, cómo estas personas están transformando ese capital cultural en capital político y económico a favor de sí mismos, sus conocidos o sus empresas.

En este sentido, la autora identifica a los espacios culturales que participan de estas dinámicas (ya sean privados o públicos) como puestos de avanzada donde las corporaciones cooptan conceptos de la sociedad por medio de dinámicas de relaciones públicas sostenidas por el arte. Esto se debe a que vincularse a la producción y consumo de la cultura les permite «asumir un papel visible a la hora de transmitir el punto de vista de la empresa privada sobre diversos temas públicos fundamentales»  y apropiarse así de la vanguardia y la innovación de la fuerza liberal y progresista del arte y la personalidad de los artistas. «Al apropiarse del concepto de innovación, y al interpretar y redefinir su significado en términos corporativos, el mundo empresarial pretende presentar su intervención en las artes como una causa noble y legítima», una ofensiva que, según Wu, permite adueñarse de todo, con un costo muy bajo y con la pretensión de la buena voluntad.  «Al apoyar a los artistas, las empresas también pueden apropiarse de precedentes históricos, alegando, por ejemplo, que emulan a los mecenas del Renacimiento y presentándose así como los Médicis de la actualidad».

Dentro de las estrategias que analiza Chin Tao-Wu sobre cómo funcionan los procesos de privatización de la cultura se encuentran: la creación e integración de personalidades sociales y élites económicas a los consejos de administración y patronatos de entidades culturales (tanto públicas como privadas); el cabildeo político; la creación de premios de arte corporativos; el establecimiento instantáneo de fama e impacto de ciertos artistas; la asimilación y naturalización de la identidad de marca en la producción cultural; el aprovechamiento del valor material del arte en sectores empresariales (círculos jurídicos y bancarios, el mercado inmobiliario y el sector manufacturero, principalmente); el arte como vehículo de inversión; y el arte como creador de imágenes al servicio de las corporaciones.

Todas estas estrategias son completamente legales y ocurren ante nuestros ojos. Que el mundo corporativo esté al frente de la producción de la cultura tiene un alto impacto sobre la sociedad. Como la misma Wu argumenta, «la propiedad corporativa del arte contemporáneo no solo ha influido en la recepción y la interpretación de las obras de arte, sino que, de hecho, ha contribuido a redefinir y modificar la relación entre mecenas y artistas», ya que al naturalizar su presencia en el mundo del arte, las corporaciones legitiman su prestigio y valor. Esta legitimación queda patente entre los artistas  «que no dejan de mencionar sus obras en colecciones corporativas y parece que formar parte de la colección de una empresa destacada es tan prestigioso como exponer en un museo de arte público». Esta privatización hace que el arte y la producción cultural dejen de importar por su valor discursivo frente a la sociedad y el presente para confundirse con el valor del mercado y el progreso empresarial. Se hacen, en última instancia, indistinguibles.

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