Hacia una arquitectura menor

Sesión 21

Hacia una arquitectura menor

Reseña por Francisco Paillie Pérez

El lenguaje de la arquitectura ha estado siempre plagado de relaciones en supuesta tensión: el arte y la técnica, la función y la forma, el centro y la periferia, lo concreto y lo abstracto, lo privado y lo público, lo lleno y lo vacío, lo construido y lo intersticial. Desde el valor asumido de estas palabras,  suelen describirse los discursos, memorias y monografías con que se diseminan y comparten los proyectos arquitectónicos. Con este lenguaje es que se ha consolidado la disciplina.

El archispeak, el starchitect system y lo icónico consolidan la identidad, quehaceres y deseos de lo que podría considerarse la Arquitectura con A mayúscula. Dentro de esta aspiración disciplinar, también estan las muchas escuelas y facultades, las y los arquitectos (uniformados con distintos tonos de negro), los perfiles de instagram bien curados, cada taller y congreso donde se muestran obras y proyectos y la fantasía de que con otro hotel boutique, un mercadito artesanal, una plaza pública (casi siempre gris, sin sombra y sin gente) o unos murales bien coloridos,  todo mal social puede ser resuelto. Esta aparente oficialía dentro de la que se instauran las identidades de la arquitectura y de quienes la practican, consumen y comunican, conforma aquello que podría considerarse arquitectura mayor. El lenguaje maestro de una disciplina que, ocultando las fuerzas que la sostienen, se enfoca en su virtuosidad técnica y su supuesta implicación ética mediada por los materiales y los contextos.

Para Jill Stoner, la mera existencia de un lenguaje mayor implica la presencia de uno menor en su interior. Un lenguaje alternativo que, basándose en la misma gramática de poder (real o virtual) de la disciplina, así como en los límites de lo material y lo formal, es capaz de movilizarse en otras direcciones y producir formulaciones alternativas. La arquitectura menor habla con el mismo lenguaje, pero dice otras cosas. Por ejemplo, “que no existe tal cosa como el lenguaje oficial de la arquitectura” y que sus estrategias, capacidades y herramientas pueden ser útiles para generar ideas y propuestas por fuera de las operaciones sancionadas por la profesión. La arquitectura menor no se trata del lenguaje con el que se describen los proyectos arquitectónicos, sino más bien del lenguaje con el que se piensan las oportunidades; una arquitectura menor se enfoca menos en los sustantivos y más en los verbos.

El ensayo Hacia una arquitectura menor, publicado originalmente en inglés por MIT Press y posteriormente en español por Bartlebooth, no responde directamente a la inquietud sobre qué es y cómo se practica la arquitectura menor. Sin embargo, a lo largo de sus cien páginas y cinco capítulos, la autora establece una serie de máximas sobre lo mayor y lo menor, sobre la necesidad, más actual que nunca, de practicar la arquitectura desde posturas más antidisciplinarias, sobre el poder de la imaginación. De manera breve, Stoner también aborda la desterritorialización (y posteriormente la re-territorialización) de los espacios y los objetos, la politización de los sujetos y la enunciación colectiva de los fenómenos, todas características de lo menor. Además, cierra con un argumento revelador: la naturaleza misma de la arquitectura mayor es ser limitada, agotarse y colapsar, porque su esencia es gestar las arquitecturas menores. En las ruinas de la disciplina, asegura Stoner, hay mucho más espacio disponible, más sustrato y más sustancia para la imaginación.

El ensayo sigue los argumentos críticos de Deleuze & Guattari alrededor de la literatura menor. Así como la literatura no deviene menor por lo coloquial o lo pequeño del lenguaje, sino por la capacidad que una minoría lingüística tiene de construir el pensamiento mayor, así es lo menor en la arquitectura. Es una acumulación de actos chapuceros y hasta destructivos que logran sabotear y al mismo tiempo arreglar, editar, desmontar y refigurar aquello que se reconoce tipificadamente como Arquitectura.

Desde el lenguaje menor, en este caso, desde la arquitectura menor, un edificio no se define entonces por su apariencia ni por lo visible. Un edificio se define por aquello que permite imaginar.

Que la imaginación no necesita de las imágenes podrá sonar irónico. Pero esa es la apuesta de la autora: las imágenes salen sobrando; imaginar es liberar las imágenes. «Mirar con imaginación es olvidar un objeto y su significado, olvidar su función utilitaria y perderse en un espacio invisible donde la invención (…) se hace posible».

Desde una Arquitectura Mayor, el Arquitecto nos asegurará que su dibujo es el preámbulo o inspiración para una idea grandiosa de proyecto. Ya sabemos cómo se representan los héroes de este mito: primero unas líneas en un papel que después se convierten en sketches, en render, en modelo, en posibilidades materiales y formales del proyecto.

En cambio, en la arquitectura menor no hay héroes. Tampoco hay heroínas, ni hay mito. No hay sistema estelar ni promesa de fama, más bien hay anonimato. Desde aquí, los proyectos pierden simetría, equilibrio y brillo. Es más, muchas veces ni siquiera hay proyecto. Desde la arquitectura menor, el lenguaje de la imaginación ofrece líneas de fuga trazadas para deconstruir más que construir; es el lenguaje con el cual se exploran las ruinas o desde donde se abren las grietas.

A lo largo del ensayo se ve el reflejo de Walter Benjamin y su carácter destructivo: «Ningún momento puede saber lo que traerá el siguiente. Lo que existe lo reduce a ruinas, no por el simple hecho de destruirlo, sino por el camino que conduce a ello». La condición oficial de la Arquitectura Mayor es la que conduce, autoriza y desea las ocurrencias de las menores; es la que genera los espacios para que sus acciones puedan ocurrir. Todo aquello que se ha erigido, pronto será obsoleto o ruina.

Las arquitecturas menores son acontecimientos oportunistas que responden al hecho latente del desmoronamiento de las estructuras. «Las ruinas son prueba de cosas que han quedado obsoletas, proyectos paralizados, capital agotado. Ya no es simplemente el derrumbe de un edificio lo que lo convierte en una ruina, sino el derrumbe de un orden simbólico». Nada se parece más a un edificio en construcción que un edificio derruido; ambos parecen esperar a ser terminados. Qué curioso que toda evidencia de la arquitectura se convierte en automático en la manifestación física y visible de todo aquello que pronto dejará de ser útil.

Un embate antidisciplinario de este talante suele ser mal recibido porque se entiende como en contra de. Pero la arquitectura menor no es contraria a la arquitectura, emerge de esta y de su capacidad y deseo de expandirse. Las arquitecturas menores son la esencia y sustancia de la arquitectura. Son su naturaleza y su esperanza.

«En un mundo que colapsa y se desmorona, las obras que se consideraban terminadas vuelven a un estado de devenir». Las arquitecturas menores funcionan en palimpsesto. El arquitecto y la arquitectura se apoyan y se subvierten mutuamente. Las arquitecturas menores le dan un carácter expansivo a la arquitectura y en ello hay una suerte de esperanza: en un mundo sin Arquitectura hay mucho espacio disponible para la arquitectura.

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